lunes, 12 de agosto de 2013

Una noche de verano

Un gintonic y un tinto de verano en la mesa. Es lo único que nos separaba. Nos acabábamos de conocer. ¿Qué más podía haber? Sólo hemos hablado tres veces. Y a veces es lo mejor para una primera cita. Las preguntas dan más juego. Que si familia, que si amigos, que si estudios. No hay que complicarse mucho la vida.

También es un riesgo. La conversación se puede estancar si uno de los dos no está por la labor. En este caso no. En este caso todo fluye como si nada. Nada es lo que hay a nuestro alrededor. La gente está. Nosotros los aislamos. La conversación corre fluidamente. En poco rato nos conocemos bastante bien. Todo lo bien para saber de qué pie cojea cada uno. ¿Qué será lo siguiente?

Nos levantamos. Pagamos. Vamos al baño. Es un baño alejado. Y bastante limpio para ser público. Y de ahí, a dar un paseo. La noche acompaña. Y andamos un rato. Seguimos hablando sobre cosas triviales y sin importancia. ¿Te lanzarás? ¿Me lanzaré? La noche lo dirá.

Pero la noche es corta. Mañana nos esperan nuestras actividades cotidianas. Me da mucha pereza, pero es así. Y la sensación es buena. Así que probablemente habrá más ocasiones. ¿O no? Qui sait. El tiempo hablará por sí solo. Al menos esta noche ha sido buena. 

Te vas. Me voy

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jueves, 6 de mayo de 2010

El sexo de los ángeles



Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.


Otra versión, tampoco confirmada, pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.


Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.


Y si Ángel, para abrir el fuego dice: "Semilla", Ángela, para atizarlo, responde: "Surco". Él dice: "Alud" y ella, tiernamente: "Abismo".


Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.


Ángel dice: "Madero". Y Ángela: "Caverna".


Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.


Él dice: "Manantial". Y ella: "Cuenca".


Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.


Ángel dice: "Estoque", y Ángela, radiante: "Herida". Él dice: "Tañido", y ella: "Rebato".


Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan , estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.